Una vez un tipo me dijo: «Deja de hablar por los demás». Esa frase, lanzada de aquella manera tan inocente y en aquella circunstancia tan cotidiana (tomaba una caña y aquel tipo me la servía), cambió, en parte, el foco de visión de todo mi mundo. La universidad era, por entonces, el final de todas mis rutas y el principio de casi cualquier idea que rondaba mi cabeza. Como decía Aristóteles, como decía Pedro Calderón de la Barca, como decía Rousseau, como decía Winston Churchill y, por qué no, como diría Joaquín Sabina, suponían el comienzo del interminable rosario de argumentos del que me valía para enfrentarme a las largas conversaciones de cafetería y pasillo con los compañeros. Eran otros tiempos, siempre desde el límite más cercano de la nostalgia, ya que, allá por 2004, la vida transcurría de otra manera.
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